EL DESARROLLO RURAL EN MÉXICO

LOS PARADIGMAS DEL DESARROLLO RURAL EN MÉXICO.


jueves, 16 de septiembre de 2010

NO EXISTE UN “INDÍOMETRO”

La palabra ’indígena’ procede del latín inde (‘de allí’) y genus, ‘nacido’, ‘originario’. En el latín corriente, «indígena» es todo aquel originario de un lugar, por tanto, carece de sentido hablar de «indígena» en general sin adjetivar al contexto.

El indigenismo al que nos referimos es aquel que piensa que los indígenas tienen unos derechos por ser originarios de un lugar. Esto esconde un racismo más o menos larvado por un motivo evidente: hoy día los descendientes de españoles llevan ya múltiples generaciones habiendo nacido en América y mezclándose con la población que encontraron al llegar. ¿Cuántas generaciones tienen que pasar para que uno sea declarado «indígena»? Si lo que hace indígena no es el lugar de nacimiento, ¿qué es? Pues la raza. Algunos indigenistas niegan este punto y afirman que no es la raza, sino la cultura de un pueblo. Pero esto es falso, pues si observamos detenidamente, la mayoría ve como una pérdida el contacto con las culturas que ellos llaman coloniales. Si alguien cuyos ascendentes eran aztecas ahora habla español y es católico, ¿qué lo diferencia de un mexicano cuyo bisabuelo fuera español y que habla español y también es católico? Sólo si pensamos que la cultura va ligada a la raza podemos mantener que ese descendiente de aztecas «ha perdido su cultura» al nacer. Pero de hecho, no la tenía. Nadie «nace con cultura», pues toda cultura es impuesta. Esto no es ni bueno ni malo. Simplemente es así. Los hijos de los guaraníes no nacen sabiendo guaraní; el guaraní es tan impuesto al nacer como pueda serlo el español. Por tanto, detrás de la defensa de culturas perdidas se esconde la vinculación peligrosa y reaccionaria de la cultura con la raza pues se piensa que la pérdida de ciertos rasgos culturales va en detrimento de un «pueblo» que hay que conservar. Pese a que muchos pasan por críticos del colonialismo occidental, resulta que se han tragado el mito del «Espíritu del Pueblo» germánico.

Todos somos indígenas. Todos somos originarios del continente americano. Ya tengamos por ascendientes a aborígenes, como a españoles, italianos, chinos, portugués, &c. No podemos definirnos por pertenecer a un continente diciendo que «todos somos americanos», sino que hemos de definirnos mediante nuestra pertenencia a una civilización que trasciende las culturas particulares y desborda el estricto marco de las razas. Pertenecemos a una civilización cuya escala de conformación son las Naciones políticas: somos argentinos, norteamericanos, mexicanos, colombianos, peruanos, ecuatorianos, brasileños, españoles, chilenos, venezolanos, cubanos, &c.

Por supuesto que las tradiciones culturales siguen existiendo pero estas tradiciones no son sustancias homogéneas como masa indiferenciada sino que están formadas por múltiples tradiciones culturales que hay que confrontar diferenciándolas una por una. ¿Es inferior una comida cuyo origen sea maya, pongamos por caso, a la «comida vanguardista» de los pequeñoburgueses europeos? No, un plato cuyas raíces estén en los aborígenes americanos no tiene por qué ser inferior, como comida, a los delirios de cuatro aburridos europeos que no saben que inventar para estafar a sus congéneres. ¿Es inferior la ideología de la Pacha Mama al marxismo-leninismo? Pues sí, porque el marxismo-leninismo hunde sus raíces en potentes tradiciones teóricas, como afirmó Lenin, en el Idealismo alemán —el protestantismo luterano y la importancia de la subjetividad—, el socialismo francés —el catolicismo como crítica a la propiedad y defensa del Bien común— y la Economía política británica —el anglicanismo y su defensa del trabajo como fuente de riqueza. Lo dicho para el marxismo-leninismo vale para la filosofía católica hispana: la escolástica española que tan buenos seguidores tuvo en el continente americano es superior a la ideología de la Pacha Mama porque recoge la tradición judía, la tradición helenística, la tradición islámica —dialécticamente confrontada con el averroísmo—, &c. Todas estas tradiciones ideológicas son superiores a la Pacha Mama porque han conformado potentes Ideas que han desbordado su génesis social. El marxismo no pertenece a los alemanes, el leninismo no pertenece a los rusos ni la escolástica española pertenece a los españoles de la Península.

Lo dicho para las ideologías vale para la propiedad. No se puede confundir la génesis social o histórica con la estructura actual. El noble aristócrata del Antiguo Régimen europeo decía poseer sus títulos por pertenecer a un noble linaje vinculado a unos territorios que heredaba por derechos de sangre. Los defensores del indigenismo piensan que los que ellos llaman indígenas se merecen sus tierras porque hace siglos les pertenecieron y ellos son sus descendientes biológicos. La propiedad es del que pueda mantenerla por la fuerza. Si los Iberoamericanos queremos ser dueños de nuestro destino político no es porque tengamos un metafísico derecho sobre la tierra sino porque tenemos un derecho político como miembros de unas Naciones políticas que han surgido tras Revoluciones políticas.

FUENTE: http://www.elrevolucionario.org/rev.php?articulo1543

15 de septiembre 2010.

indigenismo1

domingo, 12 de septiembre de 2010

SIERRA TARAHUMARA

En Chihuahua, cerca de la localidad denominada el Vergel, Municipio de Balleza, uno de los lugares mas frios de la Sierra Tarahumara, realizando actividad de campo y praxis indigenista, de la de antaño, no como el neo indigenismo actual autodegradado por el poder y el egocentrismo de quienes dirigen la politica indigenista.

sábado, 11 de septiembre de 2010

POLÍTICAS DE DESARROLLO EN ZONAS RURALES E INDÍGENAS

La existencia de una sociedad mexicana pluriétnica y multicultural, ha sido negada sistemáticamente por todos los sistemas gubernamentales emanados desde la revolución de 1917, esta negación se manifiesta en la relación de exclusión hacia los pueblos indios en términos de injusticia y desigualdad.
En los albores del indigenismo, las políticas integracionistas fueron instrumentadas para que por medio de las reformas agrarias y de los programas educativos de castellanización, las comunidades indígenas fueran asimiladas en la vertiente cultural de la nación, ante estas tácticas de asimilación e integración, las comunidades indígenas se replegaron en las denominadas “regiones de refugio” como estrategia de sobrevivencia y de resistencia cultural.
La reforma constitucional en materia de derechos y cultura indígenas del 2001 (que en su versión original, buscaba modificar de fondo, la relación entre el Estado y los Pueblos Indígenas) en la práctica jurídica, se continua negando la autonomía y los derechos colectivos, incluyendo la posibilidad de asociación de comunidades y municipios, en este sentido, a los pueblos originarios se les sigue tratando como objetos y no como sujetos de atención. Por otra parte, en el apartado B del artículo segundo de esta misma reforma a la constitución, se entroniza el tutelaje del Estado y el modelo de desarrollo asistencialista y filantrópico de las políticas sociales; de la misma manera, la reforma agraria del artículo 27 constitucional (1992), ha propiciado el desmantelamiento de los territorios indígenas, su conversión en parcelas certificadas y la destrucción paulatina de la comunalidad.
El accionar del indigenismo de Estado, se instrumenta como una compleja y extensa inter-relación de estrategias, acciones y declaraciones de política social hacia los pueblos originarios, en este contexto de política indigenista oficial, no existe un solo tipo o perfil de indigenismo endógeno, en donde se considere la retroalimentación de la otredad.
El actual indigenismo, mantiene ciertas características genéricas con sus orígenes (tutelaje, asistencialismo, corporativismo), sin embargo se puede argumentar que ha evolucionado en el devenir del tiempo, expandiendo o contrayendo sus estrategias; los matices de su accionar se han adaptado a cada uno de sus periodos evolutivos, por ejemplo el indigenismo clásico, el indigenismo integracionista, multiculturalista, etc., hasta llegar al indigenismo neoliberal. Este último, conceptualizado para el trabajo de campo (el neo indigenismo), continúa reproduciendo el fenómeno del control territorial a través de las políticas sociales (funcionarios federales y estatales) como instrumento de penetración del Estado en la vida social, económica y política de las comunidades indígenas.
El neo indigenismo, diseñado e instrumentado por la nueva clase política en el poder (producto de la hipotética alternancia democrática), se origina en el 2002, cuyo lema indigenista fue : “México, diversas culturas, muchos pueblos, una sola nación”, con esta frase arrancó un nuevo periodo del indigenismo en México, esta política social del “gobierno del cambio”, continua fundamentándose en las premisas del pasado, es decir, continúa reproduciendo las mismas estrategias paternalistas, ejecutadas con acciones fragmentadas y locales, dejando fuera los procesos integradores que subyacen en las mismas comunidades, desfavoreciendo los activos sociales y económicos de los pueblos originarios, en resumen, el neo indigenismo, no es una política social que propicie la autonomía, la comunalidad ni la reconstitución de los pueblos originarios señalados en la reforma al artículo segundo de la constitución. En el fondo, la estrategia de intervención gubernamental está consagrada en el apartado B del artículo segundo de la constitución. En estos preceptos constitucionales se maximiza la buena fe y el voluntarismo del gobierno federal, “el gesto misericordioso (del neo indigenismo) se transfiguró en caridad institucionalizada y burocratizada” (Dimas, B. 2006:3).
No obstante lo anterior, el Estado abandona sus responsabilidades fundamentales con respecto a la salud, la educación y la vivienda en las regiones indígenas, cediendo la instrumentación de estas acciones a diversas fundaciones privadas y organizaciones no gubernamentales, propiciando el surgimiento de un nuevo actor social desconocido hasta el momento: un prototipo de indigenista filantrópico, el que a cualquier ciudadano desprotegido lo transforma en campesino o en indígena, y a la mujer indígena, la transforma en objeto de piedad y en beneficiaria de la panacea del “empoderamiento”.
Todas estas reformas han permitido al Estado, el control y el tutelaje, obstaculizando la autogestión y la transferencia de recursos para ser aplicados directamente por los municipios y comunidades indígenas. En este escenario el Estado retiene todas las funciones paternales, simplificando sus acciones, pero eso sí, generando eficiencia gubernamental mediante el control del gasto, el control de los beneficiarios, supeditados todos, a condiciones específicas establecidas en normas y reglas de operación, “además del carácter degradante de recibir el cheque o la autorización de pago en eventos públicos, o el de hacer una enorme fila en las oficinas de gobierno, estos hechos, niegan la oportunidad de ser uno mismo, oprimen a la gente humilde en lugar de respetar la dignidad que nos merecemos” (Salvador Cornelio, Medico Tradicional, Sojawachi)
En este contexto, el problema del desarrollo y bienestar en las comunidades indígenas, continua abordándose con parcialidad, y sin resultados claros, los recursos presupuestales (federales y estatales) se han canalizado a campañas mediáticas de interculturalidad y bilingüismo educativo, así como a obras de infraestructura en regiones indígenas, en vez de enfocarse a eliminar las causas estructurales del despojo, la marginación y la pobreza en la que ellos viven.
Para el año 2003 el ex presidente Vicente Fox Quesada firmó el decreto por el que se crea la nueva Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI), proyecto que sustituyó al Instituto Nacional Indigenista (INI), cuya responsabilidad sería la de integrar al progreso a más 15 millones de mexicanos indígenas estancados en la pobreza extrema, con altos niveles de desnutrición, analfabetismo y mortandad.
Fuente: Tesis de Maestría, Ángel M. Espinoza Flores; abril del 2009.
Tateiurianaka

viernes, 10 de septiembre de 2010

MODELOS DE DESARROLLO INDIGENA

Los modelos de desarrollo indígena que históricamente ha propuesto la política indigenista oficial, no han resuelto aun los problemas fundamentales de las etnias que habitan en el país, puesto que no se han logrado crear las condiciones básicas de su bienestar. La persistencia y el incremento de la pobreza en las comunidades indígenas es un indicador claro del fracaso de los modelos de atención neoliberales.

La población indígena en México, caracterizada por su multiculturalidad, presenta diferencias económicas, políticas, sociales y culturales en su composición. Es precisamente esta diversidad y su complejidad multifactorial, la que dificulta el diseño adecuado de un modelo de atención, cuya política pública sea incluyente e integral, toda vez que los programas y los modelos de atención que se han diseñado para atender a la población originaria, se han construido sin considerar los regionalismos y las especificidades de cada cultura.

La enorme heterogeneidad de la población indígena y la débil institucionalidad para armonizar la participación social y atender sus necesidades, ha llevado a no tener en cuenta y a no reconocer el papel del indígena como actor social en la economía y el desarrollo nacional; en este sentido, este sector de la sociedad mexicana ha padecido con mayor impacto la aplicación de los modelos económicos y programas de atención.

Las comunidades indígenas, enfrentan el deterioro de su medio ambiente, sobre todo considerando que sus principales asentamientos se ubican en las regiones con mayor biodiversidad del país; esta degradación no es inherente a las actividades productivas que realizan los pueblos indígenas, toda vez que históricamente han sido excluidos (por los bloques de poder regional) del usufructo de los recursos naturales en donde habitan, esta actividad depredadora es originada por las actividades económicas de diversa índole, las cuales han reducido drásticamente la biodiversidad; en este sentido, las diferentes empresas forestales y mineras, así como la industria farmacéutica se han encargado de ello.

Las formas de organización comunitaria de los pueblos indígenas, producto de sus antecedentes históricos, culturales y de su interacción social, tienen ciertas similitudes entre grupos y regiones étnicas, pero también grandes diferencias sociales y de expresión cultural, conformando de esta manera el mosaico multicultural que caracteriza a nuestro país, situación que enriquece el aspecto cultural, social, económico, político y jurídico de México, pero que concomitantemente, dificulta las relaciones entre las mismas comunidades y grupos étnicos, así como entre los diferentes grupos étnicos y el Estado –Nación; Esta interacción social, también se ve afectada por la enorme dispersión territorial y el patrón de asentamiento de los pueblos indígenas, sumándose además, la disputa por la apropiación y usufructo de los recursos naturales entre los diferentes actores sociales que intervienen en las regiones en donde habitan los pueblos originarios.

No se puede hablar de desarrollo humano, mucho menos cuando la cifra de más de 40 millones de pobres luchan cotidianamente por la supervivencia; el concepto y la condición del desarrollo humano, no tiene sentido para los quince millones de indígenas mexicanos, no se puede hablar del tema mientras millones de nuestros coterráneos tengan hambre y ni siquiera puedan leer e interpretar el alcance de un programa o un modelo de atención pensado por la burocracia gubernamental para promover su bienestar y realización personal.

En este contexto, y de acuerdo al Instituto Nacional de Estadística Geografía e Informática (INEGI), México tiene una superficie de casi dos millones de kilómetros cuadrados, los indígenas habitan una extensión territorial equivalente a la quinta parte de este territorio y se distribuyen en aproximadamente 17 mil 500 localidades, distribuidas en 2 mil 428 municipios, la tercera parte es ocupada por ellos, es decir, 809 municipios aproximadamente en términos relativos.

Actualmente, en México hay un estimado de más de 14.7 millones de indígenas, conformados en 62 grupos étnicos que han quedado rezagados en las diferentes regiones de los estados en que habitan. De éstos, más de 5 millones no reciben apoyos de ninguna organización del tercer sector ni gubernamental, es decir, prácticamente el 50% de la población indígena mexicana está excluida de cualquier tipo de atención.

El sujeto social indígena de hoy, es bastante distinto al de hace 50 años, inclusive al de hace una década, sin embargo a pesar de los cambios sociales y políticos de México, los pueblos indígenas mantienen sus rasgos culturales sin erosionar totalmente su identidad, la cual se expresa en su vida comunitaria, en la comunicación oral y el conocimiento tradicional que se vincula en su relación con la naturaleza; en este sentido, las identidades étnicas y sus características culturales se han conservado a lo largo de los años. El desconocimiento de esta realidad tan aparentemente simple, ha determinado que los modelos y programas de atención que se han diseñado para su bienestar no alcancen las metas planeadas, toda vez que los proyectos de desarrollo han intentado sustituir su cultura en vez de promover su desarrollo.

Bibliografía:

Tesis de Maestría, Ángel Martin Espinoza Flores; abril del 2009.

raramuri

jueves, 9 de septiembre de 2010

LA BUROCRACIA Y EL INDIGENISMO

Desde las entrañas de la “bestia”, se pueden hacer criticas mas viscerales al indigenismo oficial contemporáneo, , se puede afirmar, que la burocracia indigenista utiliza una serie de artimañas, tal como lo comentó Ricardo Pozas en su momento histórico, sobre todo para encubrir los verdaderos intereses y que esencialmente se contraponen con la praxis indigenista.

Una de las artimañas practicada desde la entrada en operación del otrora INI, es el paternalismo, que básicamente consiste en considerar a los indígenas como seres inferiores, y para justificar esta apreciación de subordinación, en los programas oficiales que instrumenta el indigenismo oficial, se practican una serie de manipulaciones que tienden a orientar la promoción de los apoyos y programas, a objetivos ajenos a los propios indígenas, (sujeto social de la institución que opera el indigenismo en México), pero de tal manera que da la impresión de favorecerlos y al mismo tiempo, crear y manejar una “pseudo praxis” que justifique la acción oficial.

La orientación de los programas y de la praxis, se orientan generalmente, a utilizar los recursos para beneficiar a un pequeño sector clientelar indígena, en detrimento de los sectores mas marginados, es decir, se benefician mas los neo-indigenistas (ahora llamadas instancias ejecutoras), ejemplos concretos con los proyectos de ecoturismo y procapi, en ambos casos el beneficio mayor es para grupos ajenos a los grupos indígenas.

Bibliografía consultada:

ANTROPOLOGIA Y BUROCRACIA INDIGENISTA

Ricardo Pozas A.

Cuadernos para los Trabajadores.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

POSGRADO EN DESARROLLO RURAL

Despues del examen, la paz y la tranquilidad.
El examen lo sustente el 16 de abril del 2009, curiosamente coincide con la fecha de nacimiento de mi madre, a quien dedique el titulo y la tesis.

CON MUJERES RARAMURIS

Desde épocas inmemoriales los y las Rarámuris han poblado la región conocida como la Sierra Tarahumara, porción de la Sierra Madre Occidental que se encuentra en el suroeste del estado de Chihuahua, en el norte de México. En esta región boscosa, de una extensión mayor a los 60,000 kilómetros cuadrados, habitan cuatro grupos étnicos diferentes: Pimas, Warojios, Odames (Tepehuanes) y Rarámuris (Tarahumaras), siendo éste último el más numeroso, con aproximadamente 65 mil personas.
Según los antropólogos, los Rarámuris vivían distribuidos en forma dispersa en la zona, con patrones de establecimiento propios, en los cuales no habitaban como pueblos, sino en pequeños clanes seminómadas en donde la máxima autoridad la tenía el o la más anciana.
Los indígenas Rarámuri han tenido dos momentos históricos en los que, a mi juicio, la concepción de la masculinidad se ha modificado.
El primero: se da a la llegada de los misioneros jesuitas en el siglo XVII, cuando al recibir la evangelización por imposición pierden la forma tradicional de organizarse, ya que si bien no aceptan vivir todos juntos en un pueblo, sí adoptan la estructura de gobierno cuyo ejercicio de poder se da en torno al templo al cual asisten y a través de una sola persona. De esta forma la Iglesia Católica reprodujo su estructura jerárquica hacia el interior de las comunidades, lo que excluyó a las mujeres, sobre todo a las ancianas que anteriormente podían tener la autoridad, no sólo de la toma de decisiones, sino también de una participación más efectiva en las celebraciones religiosas y en la vida comunitaria en general. Asimismo, la concepción de la masculinidad se ve modificada cuando los hombres indígenas asimilan el propio concepto que manejaban los sacerdotes, dada la carga contenida en el curriculum explícito e implícito evangelizador en el que, al estilo de la época, las mujeres eran en muchas ocasiones "la causa del pecado", los hombres eran los elegidos y el medio ambiente, según el Génesis, era un don concedido al hombre para su dominación.
El segundo momento histórico en donde la concepción de la masculinidad se ve alterado fue cuando se instaló la figura jurídica del Ejido para la tenencia de la tierra, dentro de la territorialidad indígena, situación que no se llevó a cabo como resultado de la revolución mexicana al igual que en todo el país, sino cuando los recursos forestales empezaron a ser explotados. Esta nueva imposición terminó por modificar los roles y estereotipos de la población indígena, ya que las mujeres terminan por ser excluidas del proceso de toma de decisiones, o sea de la asamblea ejidal, y los hombres asimilan las actitudes y valores promovidos por los mestizos que trabajaban en la Secretaría de la Reforma Agraria.
Aunada a esta historia, se da la aculturación de los y las indígenas por la cultura dominante, en la cual terminan por asimilar los roles genéricos femeninos y masculinos, como por ejemplo el cambio del vestido tradicional por parte de los hombres, dejando de usar la zapeta, huarache y collera, para utilizar el pantalón, las botas y el sombrero, demostrando la misma actitud que los mestizos cuando lo portan. En el caso de las mujeres, aunque no dejan de vestirse como indígenas ya no andan con los pechos descubiertos por la actitud de la Iglesia Católica respecto a la sexualidad.
Este proceso histórico ha contribuido a la construcción de los actuales roles, estereotipos y valores masculinos, como son: ser el más fuerte, el más inteligente, el que todo lo puede, el grande, el poseedor de la verdad, el que sí vale, el que tiene libertad para decidir y andar por donde quiera, el que pone a los hijos y las hijas dentro del útero de la madre, el que puede hablar en voz fuerte, así como golpear y defender su propiedad, incluidas su mujer y familia.

Cuando esta serie de roles y expectativas de género no se cumplen, como es en la gran mayoría de los casos, los Rarámuri se refugian en una serie de escapismos fáciles que se permiten a sí mismos, justificándose en su condición de ser hombres, como los siguientes: una fuerte incidencia de alcoholismo, ausentismo laboral, alta migración temporal hacia las ciudades cercanas olvidando sus responsabilidades familiares, violencia doméstica e intercomunitaria como expresión de su hombría, falta de visión al futuro, no importándoles las siguientes generaciones, lo que se traduce además en una errónea utilización del medio ambiente.
Paradójicamente los escapismos también se dan cuando estos roles y expectativas de género se cumplen entre los individuos, que al llegar a la adolescencia la interrumpen súbitamente, principalmente por intimar con alguna mujer para demostrar que "ya son hombres" y son capaces de procrear, que son merecedores del término "hombre" y no "niño". Cuando asumen esta situación, emprenden la búsqueda de satisfactores de las necesidades básicas que significan el tener ahora la responsabilidad de una familia, pero cuando todavía no existía conciencia de lo que ello significaba y menos aún cuando las oportunidades laborales para adolescentes son sumamente escasas al no estar calificados, lo cual entonces los enfrenta a la realidad y buscan una salida.
Esta serie de escapismos e irresponsabilidades impiden que, en general, los Rarámuri mejoren sus condiciones de vida, aunándole a lo anterior que la discriminación que ejercen hacia las mujeres impide además que éstas se desenvuelvan, lo que afecta también el desarrollo de sus comunidades. Por ejemplo, una investigación reciente realizada por Laura Frade, de Alcadeco, encontró que el 61 % de las mujeres son analfabetas en comparación con el 26% de los hombres, ya que las niñas no son enviadas a la escuela por considerar que es indispensable su presencia en la realización de las labores domésticas; esto contribuye a una mayor morbimortalidad infantil en los y las hijas de las mujeres que no fueron a la escuela y son monolingües. De cada 10 a 14 hijos o hijas que nacen vivos o vivas, de cada mujer, siete u ocho mueren antes de cumplir los 5 años; aun cuando el padre tenga una buena escolaridad, sea primaria o secundaria, ésta no influye para nada en la disminución de estos porcentajes, dada la división genérica del trabajo.
Sumado a todo esto se encuentra toda una serie de actividades realizadas por las instituciones privadas y públicas, que al no llevar a cabo investigaciones serias o proyectos de desarrollo integrales, contribuyen a agudizar la problemática anteriormente mencionada. Por ejemplo, cuando el programa de PROCAMPO hace entrega de un monto de $550.00 pesos en efectivo, por hectárea cultivable, a cada ejidatario indígena, una gran mayoría de ellos se dirige a los poblados en donde gastan los recursos en la compra de licor, ropa o sombreros para ellos, sin consultarlo con las mujeres y justificándose en que el dinero es suyo y pueden hacer lo que quieren con él, cuando se supone que lo tendrían que invertir en insumos directos para beneficio de la agricultura y que inclusive parte de las hectáreas que éste inscribió en el programa pertenecen, según la costumbre Rarámuri, a la mujer. Lo anterior se repite año con año gracias a la complicidad silenciosa de las instituciones promotoras.

BIBLIOGRAFÍA

Bennet, Wendell y Zingg, Robert. Los Tarahumaras, una tribu india del norte de México. Clásicos de Antropolgía, INI, México.1978.

De Velasco, Pedro. Danzar o Morir: religión y resistencia a la dominación en la cultura tarahumara, CRT, México. 1983.

Merrill, William. Almas rarámuris. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes - INI. México. 1992.

Lumholtz, Carl. El México Desconocido, Programa Editorial del Ayuntamiento de Chihuahua, Chihuahua, México. 1994.

Neumann, José. Historia de las rebeliones en la Sierra Tarahumara. (1626-1724), traducción de Luis González Rodríguez. Editorial Camino, Chihuahua. México. 1991

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